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Ars Secreta en tu iphone Julio 25, 2008

Posted by Javier García Blanco in : Varios , add a comment

La fiebre por el iphone ha llegado también a ARS SECRETA. Hace ya algún tiempo que en las estadísticas del blog veo que algunos de vosotros accedéis a la página mediante iphone o ipod touch. Imagino que tras la salida a la venta en España del modelo 3G el número de lectores “iphoneros” irá en aumento. Así que para haceros la lectura más cómoda, he instalado un plugin que detecta automáticamente si alguien accede con uno de estos terminales. No tenéis que hacer nada en vuestro terminal, es totalmente automático. Eso sí, si preferís la versión tradicional, podéis regresar a ella pinchando en el enlace que aparece al final de la pantalla.

Ciudades sagradas Julio 25, 2008

Posted by Javier García Blanco in : Arquitectura, Símbolos, Urbanismo , 8comments

En nuestra visión actual, las ciudades constituyen una creación humana diametralmente opuesta a la idea de espiritualidad. La mayoría de las grandes urbes actuales resultan frías, deshumanizadas, estresantes y bulliciosas… Pero no siempre fue así. En la antigüedad, pueblos de todo el planeta establecieron sus asentamientos siguiendo una serie de rituales mágico-religiosos que convertían a las nuevas urbes en auténticas ciudades sagradas.

Mayas, aztecas, incas, egipcios, sumerios, chinos, hindúes, etruscos, griegos y romanos desarrollaron costumbres similares a la hora de sacralizar un lugar, transformando una simple porción de tierra en un espacio conectado con lo divino.

Desde la elección del lugar, pasando por el trazado del plano, hasta la construcción de las murallas, templos y edificios, todo se realizaba según un ritual cargado de simbolismo. No se trataba de un mero trámite supersticioso, sino que para sus habitantes constituía un procedimiento imprescindible que garantizaba la protección y prosperidad de la nueva colonia.

Esta vinculación con lo sagrado se producía desde los primeros momentos de la creación de una nueva ciudad. El lugar escogido para vivir era previamente transformado de una situación de caos (ausencia de delimitación), en kosmos (orden). De este modo, el terreno se convertía en algo “real” y se creaba un centro para el asentamiento. Este punto central era un axis mundi, un centro u “ombligo” del mundo. Según el erudito Mircea Eliade, “si ha de perdurar, si ha de ser real, el nuevo hogar ha de ser proyectado como el ritual de construcción en el centro del universo”.

La importancia del centro no se reducía a la fundación de las ciudades, sino que era algo común en la construcción de templos y santuarios sagrados. Un ejemplo célebre es el de Delfos. Según la leyenda, Zeus hizo que dos águilas comenzaran a volar desde dos puntos opuestos del Universo. Finalmente se cruzaron, y ese punto determinó el centro del mundo, que resultó ser Delfos. En las excavaciones arqueológicas se descubrió una piedra (el omphalos, “ombligo”) con forma de huevo cortado por la base, que se conserva en el museo del santuario y que demuestra esa creencia en el centro sagrado.

Además de servir de conexión con la divinidad, el centro también tenía otras implicaciones sagradas, tal y como explica el profesor Santiago Sebastián en Mensaje simbólico del arte medieval (Encuentro Ediciones, 1994): “En el centro se relacionan los tres niveles cósmicos, y ello explica que Babilonia tuviera el nombre de ‘Casa de la Base del Cielo y la Tierra’”.

Esta relación del centro con los tres niveles (el superior, vinculado a las divinidades, el intermedio o terrenal y el inferior o inframundo) se señalaba con la colocación de un altar con fuego en ese lugar. El humo de las llamas o del incienso se elevaba a las alturas, de donde también descendían “a la tierra las gozosas influencias celestes”, como explica José Olives Puig en La ciudad cautiva (Siruela, 2006). En las ciudades etruscas y romanas, bajo el altar solía realizarse una pequeña fosa o mundus, donde se depositaban ofrendas para los habitantes del inframundo.

Por otra parte, el acto de fundar una ciudad era también sagrado por otros motivos: en primer lugar, el acto de fundación suponía una repetición del mito más importante, el de la Creación del mundo. Pero había más vinculaciones con el cosmos. El plano de las ciudades podía considerarse un auténtico mandala, y a menudo estaba orientado en función de los puntos cardinales. El procedimiento para obtenerlo era siempre el mismo, y quedó registrado gracias al arquitecto romano Vitruvio: una vez elegido el lugar idóneo, se clavaba un gnomon (estaca) en el centro del emplazamiento, que se convertiría más tarde en eje vertical de la ciudad. Alrededor de este «palo» se trazaba un círculo de grandes dimensiones. Cuando salía el Sol, la estaca proyectaba una sombra que «cortaba» la circunferencia, y lo mismo ocurría a la puesta de Sol. De esta forma se obtenía el eje Este-Oeste del edificio, trazando una recta entre los puntos señalados por la sombra del gnomon. Después se trazaba una perpendicular al eje Este-Oeste. Con ello, no sólo se podía orientar la ciudad, sino que se creaba inmediatamente un vínculo entre ella y el Cosmos, pues se había utilizado el Sol para orientar y generar el plano y su disposición.

La mayor parte de los testimonios sobre estos ritos procede de fuentes romanas, y son una magnífica guía para descubrir el carácter sagrado de las ciudades. Estas ceremonias incluían la actuación de augures y arúspices. Los primeros se encargaban, mediante la contemplación e interpretación de “signos divinos” (generalmente el vuelo de las aves) de determinar si las divinidades daban su “visto bueno” a la ubicación elegida, así como de la marcación de los límites de la urbe. Por otra parte, los arúspices procedían a la “lectura” de las entrañas de animales sacrificados, para averiguar si el lugar era salubre o no, o si las “energías” y los espíritus del lugar eran benignos.

Las “técnicas” empleadas por augures y arúspices habían sido heredadas de los etruscos y, de hecho, se incluían dentro de lo que se conocía como “etrusca disciplina”. Estos personajes gozaron de gran respeto e influencia en la sociedad etrusca y romana, y solían pertenecer a familias aristocráticas. En el caso de los arúspices, además de las fuentes escritas se han conservado piezas utilizadas en sus ritos de lectura de las entrañas de animales. Uno de estos objetos es el llamado “hígado de Piacenza”, una figura en bronce con forma de hígado y que estaba dividida en 42 partes, cada una señalada con el nombre de una divinidad. En cuanto a los augures, las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz, como en el caso de Tarraco, la existencia de auguraculum, espacios sagrados generalmente orientados a los puntos cardinales, desde los que los augures realizaban la contemplación, atentos a los presagios divinos sobre la ciudad.

Tras la elección del lugar y la orientación del solar, se procedía a su delimitación. En época romana se marcaban los límites con la ayuda de un arado de bronce. El trazado del surco era realizado con gran meticulosidad, pues se cuidaba que la tierra removida cayera siempre hacia el interior. El surco tenía un carácter sagrado, y era conocido como sulcus primigenius. Éste era inviolable, hasta el punto de que en la leyenda de la fundación de Roma, Rómulo mató a su hermano Remo por haber pasado por encima de él. El magistrado sólo levantaba el arado en los lugares destinados a colocar las puertas de la futura ciudad. Aunque este hecho pueda parecernos anecdótico, estaba cargado de sentido, pues en la antigüedad las murallas no tenían sólo un carácter defensivo frente a enemigos de “carne y hueso”, sino que también constituían un “círculo mágico” que repelía las influencias negativas.

Moneda romana de Caesaraugusta, con relieve de la ceremonia de delimitación con el arado sagrado.

Otro papel fundamental lo constituían los mitos de los héroes fundadores, detalle que se repite en todas las ciudades. En Roma fue Rómulo, en otras urbes romanas el héroe Hércules, Ápolo en el santuario de Delfos, Indra y el arquitecto celeste Vishvakarma en Angkor… Todas estas historias poseen elementos idénticos, arquetipos que se repiten y que tratan de explicar el nacimiento de las ciudades, reafirmando su carácter sagrado. De hecho, aquellos relatos jugaban un papel muy importante. En la antigua Roma el mito fundacional se celebraba todos los 21 de abril, el Dies Natalis Romae, que rememoraba la creación de la ciudad por Rómulo en el 753 a.C. Estas celebraciones actuaban como una renovación del nacimiento de la urbe, y garantizaban la conservación del orden religioso y político.

Roma podría considerarse el paradigma de las ciudades sagradas occidentales. Su origen tiene como protagonista a Rómulo. Él y Remo eran hijos de la vestal Rea Silvia (hija a su vez del rey destronado Numitor) y el dios Marte. Al nacer, los hermanos fueron abandonados en una cesta colocada en el río Tíber por orden de Amulio, el rival de Numitor. Sin embargo, los pequeños sobrevivieron y fueron alimentados por la loba Luperca. Cuando se hicieron mayores, los jóvenes descubrieron su noble origen. Tras matar a Amulio y liberar a su abuelo, decidieron fundar la futura Roma. Según la leyenda, el nombre de la urbe fue elegida por el propio Rómulo, pues “venció” a su hermano en una apuesta para ver quién avistaba más pájaros (una clara alusión a la práctica de los augures).

La importancia de esta leyenda ha quedado de manifiesto con el reciente hallazgo de la gruta donde, según el mito, la loba Luperca amamantó a los niños. Dicha cueva ha sido descubierta en la colina palatina. Estos lugares citados en la historia mítica sirven para ubicar los enclaves sagrados de Roma. El primero de ellos es, precisamente, la colina palatina. Además de albergar la gruta de la loba, allí se levantaba también un importante templo dedicado a Júpiter, Juno y Minerva. Otro de los enclaves era la colina capitolina. Allí, en una de las cimas existentes (conocida como Arx) se levantaba, según la leyenda, un refugio construido por el propio Rómulo, mientras que en otra existió un templo dedicado a Saturno.

REFLEJO DE LAS ESTRELLAS
Las antiguas ciudades romanas también han deparado otras sorpresas. Antes mencionamos que el acto de fundación suponía una identificación de la ciudad con el cosmos. Sin embargo, en algunos casos dicha vinculación era algo más que simbólica.

Hasta ahora se conocía la importancia que los grandes ejes (cardo y decumano) tenían en las ciudades romanas, y su orientación con los puntos cardinales. Sin embargo, en 2007 el profesor Giulio Magli, catedrático de matemáticas de la Universidad Politécnica de Milán, reveló que muchas ciudades romanas habían sido orientadas astronómicamente. Tras examinar 38 urbes, Magli determinó que la mayoría estaban orientadas a fechas de importantes festividades sagradas. Tres de ellas (Pesaro, Rimini y Senigallia) están dirigidas al norte; otras dos (Verona y Vicenza) hacia la salida del Sol en el solsticio de verano y el resto 10 grados al sudeste de la salida del Sol o cerca de orto solar en el solsticio de invierno.

Pero Roma no tuvo la exclusiva de las conexiones astronómicas. Además de la misteriosa Angkor y de las hipótesis sobre Egipto, otras ciudades muy alejadas del Viejo Mundo dispusieron sus cimientos con arreglo a claves “cósmicas”.

En la cultura maya, por ejemplo, descubrimos también ejemplos de la relación ciudad-cosmos. En El pensamiento religioso de los antiguos mayas (Ed. Trotta), el profesor Miguel Rivera Dorado explica que las pirámides mayas son representaciones de la montaña primigenia cargadas de un simbolismo cósmico, y cómo los diseños de los centros urbanos se disponían de forma que reflejaban el orden del cosmos. Además, algunos de sus templos y recintos contenían claves astronómicas precisas, de significado religioso, relacionadas con equinoccios y solsticios.

Todos estos ejemplos han sido confirmados en ámbitos académicos. Sin embargo, en otros casos, estudiosos alejados de la ortodoxia han propuesto hipótesis similares en marcos geográficos diferentes. Este es el caso del escritor Robert Bauval. En 1994, su libro El misterio de Orión se convertía en un bestseller internacional con una sorprendente tesis: el diseño de las pirámides de Gizeh y su ubicación con respecto al Nilo eran un reflejo de una porción del firmamento, pues se corresponderían con tres estrellas de la constelación de Orión y con la Vía Láctea. La tesis de Bauval fue duramente criticada, pero eso no frenó su interés por la cuestión, y recientemente ha vuelto “a la carga” con Código Egipto (Martínez Roca, 2007). En éste último su hipótesis se ampliaba, asegurando que otras construcciones piramidales y templos, levantados durante siglos, constituían un “inmenso proyecto pangeneracional (…) un inmenso ‘Egipto cósmico’ cuya imagen se insinúa en la geografía del valle del Nilo”.

Tampoco los incas fueron ajenos a este tipo de prácticas sagradas. La importancia de Cuzco como ciudad sagrada arranca con su propio nombre pues, según la tradición, en quechua significaba “centro”, lo que nos lleva de nuevo a la idea destacada al comienzo de este artículo. Además, según la mitología inca, en Cuzco confluían el “mundo de abajo”, el mundo visible y el mundo superior: los tres niveles cósmicos vistos en otras culturas.

Según los propios textos indígenas, la ciudad se diseñó de tal forma que el templo principal, el Koricancha o Templo del Sol (hoy Convento de Santo Domingo), quedase en el centro de una confluencia de 42 líneas, conocidas como ceques, que conectan a su vez con distintos puntos sagrados de la urbe, como fuentes, colinas, piedras o edificios. Como han demostrado autores como Brian Bauer, o el ya citado Giulio Magli, algunos de estos ceques están orientados a la salida del sol en fechas solsticiales.

ANGKOR, LA COLOSAL
En torno al siglo IX d.C., el Imperio Jemer comenzaba a destacar en los territorios de la actual Camboya. Fruto de aquel poder terrenal y de sus creencias hinduistas, surgió una de las ciudades más sorprendentes y espectaculares del planeta. La ciudad de Angkor, hoy visitada por un millón de turistas al año, permaneció oculta entre la selva hasta mediados del siglo XIX, cuando el naturalista Henri Mouhot divulgó su existencia. Los estudios más recientes han revelado que en su día llegó a alcanzar una dimensión de unos 3.000 kilómetros cuadrados. Estas cifras “mastodónticas” la convierten en la ciudad preindustrial más grande del planeta.

Fotografía vía satálite de la antigua ciudad de Angkor (click para ampliar).

Detalle de uno de los templos de Angkor. (click para ampliar)

Esta gigantesca urbe, poblada por más de 1.000 templos, tiene su signo de identidad en el templo de Angkor Wat, erigido en el siglo XII. Los estudios realizados han revelado que, además de sus torres y cúpulas en recuerdo del monte Meru (centro del universo y residencia de las divinidades del panteón hindú), el hermoso templo oculta otras claves de corte astronómico. Por ejemplo, el templo de Angkor Wat y el de Prasat Kuk estén unidos por una línea imaginaria que coincide con la posición de la salida del Sol en el solsticio de invierno. Pero además, varios estudios han sacado a la luz otros jugosos datos. Por ejemplo: distintos puntos de la entrada Oeste de Angkor Wat fueron orientados para que coincidieran con la salida del Sol en equinoccios y solsticios. Y además, las medidas de distintas partes del edificio, en los que se empleó el llamado codo camboyano (0,435 metros) hacen referencia a ciclos calendáricos y cosmológicos, o aluden directamente a los distintos yuga hindúes (Kali, Dvapara, Treta y Krta) de las etapas del mundo.

JERUSALÉN, LA CIUDAD SANTA
Hasta ahora hemos hablado de ciudades del mundo grecolatino, precolombino y del antiguo Egipto. Sin embargo, en la cultura occidental, de raíces judeocristianas, destaca la ciudad de Jerusalén, el lugar donde, entre otras cosas, murió Jesucristo. Tras sus murallas se encuentran, sin embargo, varios enclaves que son sagrados para las tres grandes religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islam.

Uno de los más representativos, que destaca en el skyline de Jerusalén, es la llamada Qubbat al-Sakhra o Cúpula de la Roca, uno de los santuarios musulmanes de la ciudad. Su origen se remonta al siglo VII, cuando el califa Omar entró con sus tropas en la ciudad y se hizo con la llamada explanada del Templo. El lugar pasó a ser sagrado para los musulmanes, que lo denominan Haram al-Sharif (Centro Sagrado).

Algunos años después, bajo el mandato de Abd al-Malik, se erigió un conjunto religioso que hoy es conocido como mezquita de Al-Aqsa, formado por tres edificios: la Gran Mezquita, la Cúpula de la Cadena y la Cúpula de la Roca. Ésta se construyó según los planos de un arquitecto cristiano de origen sirio. Su planta es octogonal y seguramente imitaba el diseño de otros templos cristianos con un diseño similar, como el Santo Sepulcro —la cúpula de ambas construcciones mide lo mismo— o la iglesia de la Ascensión. En su interior posee un doble deambulatorio que, según los expertos, servía para realizar el tawaf (el ceremonial de circunvalación) en torno a la Sakhara o Roca Sagrada.

Ese es, precisamente, el punto más sagrado para los musulmanes, la roca en la que, según la tradición, Mahoma se apoyó antes de partir al Paraíso a lomos de la yegua Al-Burak. Esta es otra similitud con otro de los enclaves sagrados de Jerusalén: el Santo Sepulcro, también de planta central, posee en su centro la roca que supuestamente albergó el sepulcro de Cristo. El enclave de “la Cúpula” también es sagrado para los judíos, ya que allí Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac, y también fue el lugar donde Jacob tuvo su visión de la escalera celestial. Por si fuera poco, algunas tradiciones judías lo señalan como “centro del mundo”, el lugar en el que se colocó la primera piedra de todo lo creado y, además, exactamente allí, en el monte Moriah, se creía que estaba el Templo de Salomón.

Siglos después de su construcción, tras la conquista cruzada de Jerusalén, el santuario pasó a tener nuevos propietarios: los caballeros de la Orden del Temple. Poco después de establecerse en Tierra Santa, el rey Balduino de Jerusalén concedió a los monjes-guerreros parte de los terrenos de la explanada del Templo donde se encuentra la Cúpula de la Roca.

LA PIEDRA NEGRA DE LA KAABA
A pesar de su indiscutible importancia para el Islam, Jerusalén tiene una dura competidora: todos los fieles de Alá deben rezar cinco veces al día en dirección a La Meca, un lugar de peregrinación obligada para todo musulmán al menos una vez en la vida. Dos detalles que dan una idea de su importancia como “centro sagrado del mundo”.

Allí nació Mahoma, el Profeta, quien “arrancó” a la ciudad y sus habitantes del paganismo al que se hallaban entregados. Pero además, y esto es lo más importante, allí, en el interior de la Gran Mezquita, se encuentra el santuario de la sagrada Kaaba, la piedra negra que cayó del cielo. Según la tradición, el santuario que guarda la piedra fue construido por Abraham y su hijo Ismael. Mide sólo 12 metros de longitud y 15 de altura, pero su importancia es más simbólica que física, pues sus cuatro esquinas están orientadas a los cuatro puntos cardinales. En su interior, la piedra negra, que cayó al Jardín del Edén y fue entregada a Adán para que “absorbiera” todos los pecados. Hasta ese instante, la piedra había sido blanca, pero al “capturar” los malos actos adoptó su color actual. Antes de Mahoma, los habitantes de La Meca ya adoraban la Piedra, aunque entonces era objeto de culto pagano. Fue el Profeta quien recuperó la piedra sagrada para la verdadera fe y atrajo a sus contemporáneos a la Verdad.

PD: Habrá una segunda parte, en la que abordaré la cuestión en épocas más recientes.

Entradas relacionadas:

-La orientación astronómica de las ciudades romanas

El príncipe de las tinieblas (III) Junio 17, 2008

Posted by Javier García Blanco in : Diablo, Hans Memling, Pintura , 13comments

Hace algunas semanas, al publicar la segunda entrega de El príncipe de las tinieblas, os hablaba de mi fascinación por una de las obras de Luca Signorelli. Pues bien, hoy toca tercera parte de la serie, y en esta ocasión el protagonista es Hans Memling, un pintor flamenco del siglo XV que llega hasta aquí gracias a otra obra que, al igual que la de Signorelli, es capaz de fascinar e inquietar a partes iguales.

Memling (c.1433-1494) es considerado por algunos estudiosos como uno más de los primitivos flamencos, compartiendo estilo con genios como Jan van Eyck, Hugo van der Goes o Roger van der Weyden. Precisamente, algunos historiadores creen que Memling pudo haber sido discípulo de este último durante su estancia en Bruselas, aunque no existe ninguna evidencia documental que permita atestiguarlo, exceptuando una cita de Vasari en ese sentido un siglo después. En cualquier caso, algunos años después de la muerte de Van Der Weyden, Hans Memling dirigió sus pasos a la ciudad de Brujas, donde se estableció en 1465. Fue allí donde recibió sus encargos más importantes, a menudo procedentes de instituciones religiosas. Aunque no todos…

Y ese es el caso, precisamente, de la obra que os traigo hoy, “El Juicio Final” (1467-71). Al parecer, este tríptico fue un encargo encomendado por el italiano Angelo Tani, residente en Brujas y agente comercial de la todopoderosa familia Médici. Cuando el hermoso trabajo estuvo terminado, Tani embarcó con él en un navío con rumbo a Italia. Por desgracia para él, los avatares históricos le tenían reservada una sorpresa. Mientras navegaba hacia el hogar, el barco que le transportaba fue detenido y asaltado por un barco corsario de la Liga Hanseática, y el tríptico de El Juicio Final acabó en la ciudad polaca de Danzig (la actual Gdansk). Una vez allí fue llevado a la basílica de la Asunción, donde fue custodiado hasta el siglo XX, fecha en la que se trasladó hasta su ubicación original, el Museo Narodowe de Gdansk.

Las tres tablas interiores representan, como su nombre indica, el Juicio Final descrito en las Escrituras. En el centro, la tabla de mayor tamaño nos muestra a Cristo en majestad, sentado sobre un orbe y una especie de arcoiris, mientras parece observar con detenimiento el desempeño del arcángel San Miguel, quien se afana en su habitual tarea del pesaje de las almas o psicostasis. Mientras, algunos diablos conducen a las llamas del infierno a los condenados, al tiempo que intentan “robar” algunos hombres puros que acaban de despertar del sueño de la muerte. A la izquierda, los justos ascienden a los cielos, donde San Pedro les espera con las puertas abiertas para disfrutar del gozo eterno.

Pese a que estas dos partes de la obra son indudablemente interesantes, a mí la que me atrae especialmente es la tabla derecha, correspondiente al infierno, los demonios y los condenados. Algo de lo que espera allí se anticipa ya en la parte derecha de la tabla central, pero la verdadera locura de cuerpos retorcidos, aterrados y sufrientes se desata en la última tabla. Si los demonios de Signorelli eran realmente “puñeteros”, estos no se quedan atrás… Y si no, juzgad vosotros mismos…

PD: ¿Qué infierno preferís? Je, je…. ¿Signorelli o Memling? ;-)

Entradas relacionadas:

-El príncipe de las tinieblas I

-El príncipe de las tinieblas II

El simbolismo del Sello de Salomón Junio 12, 2008

Posted by Javier García Blanco in : Alquimia, Esoterismo, Geometría, Símbolos , 1 comment so far

Tras más de un mes de silencio involuntario –he tenido una de las temporadas más estresantes y ajetreadas de los últimos años– regreso a la carga con una nueva entrada en el blog. Uno de los textos más leídos de ARS SECRETA es el dedicado al Simbolismo del pentagrama, así que he decidido preparar un texto similar sobre otro de los símbolos mágicos por excelencia: el hexagrama, Estrella de David o Sello de Salomón.

En la actualidad lo identificamos irremediablemente con el pueblo judío, pero el símbolo de la estrella de seis puntas o hexagrama es en realidad un emblema universal que posee unos orígenes remotos y ha sido utilizado con fines diversos por numerosas culturas: de talismán protector hasta símbolo alquímico o mero elemento decorativo, ha sido utilizado por el judaísmo, el islam, el cristianismo e incluso el hinduismo.

Durante siglos, antes de que se popularizara como “Estrella de David” o Magen David (Escudo de David), este emblema era conocido como Sello de Salomón (Khatam Suleiman para los musulmanes y Jatam Sholomo para los judíos). Distintos textos –en especial el Talmud de Babilonia y algunos relatos musulmanes– difundieron la leyenda de que el bíblico rey Salomón poseía un anillo de propiedades mágicas mediante el cual podía controlar a los demonios o hablar con los animales. Dicha sortija portaba un sello con el símbolo del hexagrama al que se le añadía el nombre secreto de Dios.

Talismán hebreo con Sello de Salomón y oracionesSegún los estudiosos, el signo del hexagrama posee un significado similar al del ying y el yang, como representación de los opuestos, así como de nexo entre el cielo y la tierra o plasmación ideográfica de la sabiduría sobrehumana. Sin embargo, el uso más conocido fue siempre el de su carácter protector y mágico, sin que estuviera vinculado a ninguna religión en concreto. Así, en la Edad Media era habitual encontrar amuletos y talismanes que reproducían el Sello de Salomón, generalmente con la estrella inscrita en un círculo y acompañada de varios puntos. Se creía que estos dibujos mágicos protegían a su portador del influjo de demonios y espíritus maléficos, o simplemente de la mala suerte. También era frecuente grabar el Sello en los marcos o dinteles de la puerta de entrada a las viviendas o en los escalones de las escaleras, con ese mismo carácter protector frente a los espíritus o ante posibles incendios.

El prestigioso experto en cábala Gershom Scholem estudió a fondo la simbología del Sello de Salomón y su función mágico-protectora en el islam y el judaísmo, además de rastrear sus orígenes.

La identificación más antigua que se conoce de este símbolo con el publo judío data del siglo XIV, cuando los judíos de la ciudad de Praga lo usaron como siglo de identidad. Sin embargo, no sería hasta finales del siglo XIX, con los movimientos nacionalistas judíos, cuando adquiriría el sentido actual. A pesar de este detalle, sí se conocen representaciones del Sello de carácter judío en épocas más antiguas, como algunos libros hebreos realizados en España en el siglo XIII.

Pero el uso mágico o esotérico de este símbolo no termina aquí. Tuvo también una gran importancia en la práctica y la iconografía alquímica, siendo representado en numerosos trabajos sobre la Gran Obra como emblema del fuego y el agua. La masonería también cuenta entre sus símbolos con el hexagrama, que aparece plasmado en motivos decorativos de las logias, así como en objetos y obras de arte de cariz masónico.

Sello de Salomón masónico, con triple tau en su interior. Catedral de Sheffield

Además, es frecuente encontrar también el Sello de Salomón en numerosas construcciones cristianas medievales, como elemento decorativo o como símbolo de la sabiduría divina. Un magnífico ejemplo lo encontramos en la fachada de la catedral de Burgos, en la que se ven varias representaciones del símbolo, tanto en el rosetón principal como en relieves escultóricos. Otro ejemplo lo encontramos también en una de las fachadas de la catedral de Valencia. Y, de forma paralela, fue también un motivo ornamental y sagrado representado de forma recurrente en el arte islámico, donde encontramos obras bellísimas de gran refinamiento.

Os dejo con unas cuantas imágenes de ejemplo. Por cierto, la imagen que abre este post procede de un manuscrito medieval y representa a un breuer (un cervecero alemán). El Sello de Salomón tenía para este gremio, al parecer, un simbolismo alquímico relacionado con el proceso de creación de la cerveza. Quién lo iba a decir ;-)

Sello de Salomón en la fachada principal de la catedral de Burgos.

Balcón en Salamanca, con decoraciones realizadas a base de estrellas de David.

Dos Sellos de Salomón en la puerta de una mezquita en Túnez.

Dos representaciones del Sello de Salomón en la puerta de una mezquita en Túnez

Sello de Salomón acompañado de símbolos, en la fachada de un templo masónico en Edimburgo (Escocia).

Sello de Salomón acompañado de símbolos, en la fachada de un templo masónico en Edimburgo (Escocia).

Enlaces de interés:

-The Stars of David around the World (grupo de imágenes en Flickr!)

Entradas relacionadas:

-El Simbolismo del pentagrama

La magia de Sir John Dee, en el Museo Británico Abril 25, 2008

Posted by Javier García Blanco in : Esoterismo, Símbolos , 4comments

Retrato de John DeeJohn Dee (1527-1609) fue una de las mentes más brillantes de su tiempo. Consumado astrónomo, matemático y geógrafo, mostró también un interés inusitado –como otros pensadores de su época- por disciplinas heterodoxas, como la astrología, la magia o la alquimia. Por otra parte, su erudición en el arte de navegar lo convirtió en asesor y consultor de buena parte de los mayores representantes de la armada británica. Y, además, formó parte durante algún tiempo de la corte de la reina Isabel I de Inglaterra, convirtiéndose en su astrólogo personal.

En ARS SECRETA, como es lógico, nos interesa especialmente su faceta como mago, alquimista y ocultista. A partir de cierto momento de su vida –especialmente tras conocer a un oscuro personaje, Edward Kelly–, Dee se mostró especialmente interesado en hallar una forma de contactar con los ángeles. Los escritos de Dee dan a entender que estaba convencido de haber logrado dicho contacto, y reflejo en sus textos estas conversaciones con entidades espirituales, dejando constancia del llamado “lenguaje enoquiano” (de los ángeles), que le había sido revelado.

Os cuento todo esto porque, aunque pueda parecer sorprendente, el Museo Británico conserva en su colección varias piezas que pertenecieron a John Dee, y que fueron utilizadas por él para contactar con ese mundo espiritual. En total son seis piezas “mágicas” (imagen superior), en su mayoría rescatadas por el anticuario británico Sir Robert Cotton (1571-1631), cuya colección fue una de las que dieron forma al primitivo Museo Británico. El peculiar legado de Dee está compuesto por tres “sellos” en forma de disco grabados con extraños símbolos mágicos (dos pequeños y uno más grande), un espejo de obsidiana de origen azteca, un disco dorado y una bola de cristal.

Los tres sellos o discos recubiertos de signos ocultistas parece ser que fueron utilizados por Dee en su table of practice (mesa de prácticas) durante sus contactos con ángeles. En concreto, sobre el más grande habría apoyado la bola de cristal –o una similar– que se conserva en el Museo Británico. Como podéis ver, en el centro de este sello destaca claramente la figura de un pentagrama “atravesado” por una circunferencia, y rodeado por otros símbolos geométricos y signos mágicos.

En cuanto al disco de oro, posee un grabado en el que se representa la llamada “visión de los cuatro castillo”, que según algunos escritos, Dee experimentó mientras se encontraba en Cracovia en 1584. Este fue el objeto que se unió más recientemente a la curiosa colección, pues fue adquirido por el museo en 1942.

Otro día repasaremos otras curiosas posesiones de éste y otros museos de todo el mundo.

Fotografías de los objetos mágicos: (c) British Museum